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foto simbólicaEn este breve artículo quisiera compartir una experiencia que me ocurrió ayer al ir por primera vez a la ceremonia de puja de luna llena en la casa del Tibet con una pareja de amigos.

Como sabéis los que me seguís, tengo parálisis cerebral y, por una segunda negligencia médica de hace pocos años, también tengo mucha espasticidad, o mucha más de la que tenía. Asimismo, los que me conocéis más, sabéis que soy un tanto escéptica a creer lo que no veo o vivo en mí misma, pero siempre estoy abierta a descubrir y a experimentar.

Así que, como siempre me ha gustado lo oriental, pues me animé a ir a esta ceremonia, sin esperar nada, sólo a vivir la experiencia y salir un rato.

Bueno, empieza la ceremonia. Yo como siempre, con mis manos cogidas una con la otra y las piernas cruzadas porque así es como controlo las distonias y rigidez de mi querida espasticidad, que a veces parece que ante el silencio de una sala se quiera hacer notar más.  Empiezan a cantar la gente de la sala, una hora de plegarias y otra de mantras y, a los 5 minutos de oír la primera canción, todo el rato con la misma frase, pienso: “Ay, donde me he metido… Dos horas así, ¿aguantaré?”.

Debo reconocer que, al ser la primera vez que iba, al principio me hacía un poco de gracia oír toda la canción con las mismas frases, aunque en psicología se usa como figura retórica para significar la repetición neurótica del sujeto a fin de fijar y reforzar un pensamiento circular, así y todo, luego se hacía un poco repetitivo. Pero decidí que, ya que estaba allí, tenía que aprovechar y desconectar de la realidad, sólo escuchando las frases que repetía toda la sala. Y mirad que a mí me cuesta desconectar y relajarme, pero cerré los ojos y me intenté concentrar en esas frases y en su ritmo, monótono pero cambiante a la par. Eran frases con melodía, aunque sin significado para mí.

Pero, curiosamente, poco a poco me iba sintiendo cada vez más relajada y, por consecuente, mi cuerpo estaba progresivamente menos tenso. Mis manos cada vez se podían despegar más una de la otra, pudiéndose apoyar una en cada lado de la silla, al mismo tiempo que mis piernas se desataban y se apoyaban cada una en un reposapiés. Algo insólito en mi cuerpo. Sentí que, por un rato, mi querida espasticidad me había abandonado.

Sé que dicen que el yoga, los mantras o otras artes orientales tienen poderes de sanación y de relajación, se puede creer en ello o no a nivel espiritual, independientemente de la utilización en psicología de los mantras. Pero pienso que, sin una predisposición y una atención activa hacia aquello proyectado, no hay poderes que modifiquen nuestro cuerpo.

Después de esta experiencia, sigo pensando que son, o pueden ser, recursos mediadores entre mente y cuerpo. Que sólo pueden ser efectivos si somos asertivos y mostramos predisposición hacia esas percepciones externas e internas. Porque ante todo son creencias que tan sólo pueden ser guiadas por nuestro pensamiento.

Así pues, cree en aquello que quieras, pero sobre todo en ti mismo/a.

 

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