Psicóloga clínica y social


Integradora social


Formadora de formadores

PsicoVan

Tu mano virtual en Diversidad Funcional

  
  

La socialización de la persona con discapacidad congénita también se diferencia factores integradores según la escolarización. Ya que si se da una escolarización especial la probabilidad de integrar será menor o más reducida, dado que, dejando de lado la interacción con personas en la misma situación, se da con menos frecuencia la convivencia con personas sin discapacidad.

¿Como varia este aspecto según el entorno de la persona? ¿Qué recursos pueden mejor su sociabilidad? Éstas y otras inquietudes las compartimos en este espacio.


 

Sabemos que hay diversidades funcionales menos visibles que otras como es el caso de las sensoriales. Pero también encontramos deficiencias motoras asociadas a discapacidades físicas que a primera vista no se aprecian. Es el caso de las afasias. De éstas hay muchas, unas afectan a la comprensión del mensaje y otras afectan a la emisión de este.

En el presente artículo abordaremos las peculiaridades de un tipo de afasia de emisión, como es la disartria.

Como la tipología de ésta ya la abordé en el artículo: ¿QUÉ ES LA DISARTRIA?, aquí sólo apuntaré los posibles handicaps que tenemos las personas con disartria y algunas pautas a tener presente tanto por parte del emisor (persona con disartria) como del receptor.

Así es común que muchas personas con parálisis cerebral, por ejemplo, tengamos diferentes grados de disartria, lo que genera una barrera más en nuestra cotidianidad a parte de la ya visible por las secuelas de la parálisis cerebral infantil.

Son barreras comunicativas que a primera vista no se aprecian, sino que el receptor se da cuenta de ello cuando intentas establecer una conversación y ve que le cuesta entenderte o directamente no te entiende. Si la persona no te conoce, en ocasiones, suele aparecer un perjuicio extra en el cual se genera un  pensamiento, muchas veces innato, propio de un receptor sin discapacidad: ¿por qué habla así? ¿Será retrasado/a? Pobrecito/a. Es cuando de nuevo el sentimiento de compasión vuelve a marcar una convivencia entre ambas partes.

Ante esa situación, debemos y solemos buscar recursos como sistemas alternativos y aumentativos de comunicación, cada vez más tecnológicos, que facilitan un poco esta comunicación. Quizás este sea el primer paso para romper la barrera, ya que si nuestro receptor dispone de tiempo, nos podemos expresar y mostrar que lo aparente muchas veces oculta lo realmente importante: la persona.

Personas con diversidades, sí, pero también con capacidades, sentimientos y emociones que nos hacen humanos como cualquier otro ante prejuicios y actitudes  que nos hacen inferiores, en este caso, por comunicarnos diferente. Y como no somos de piedra ni un mueble (como a veces se piensa) pues nos volvemos vulnerables frente la dificultad de hacernos entender, hecho que puede generar cierto grado de ansiedad, inseguridad, frustración o impotencia. Sentimientos que se ven incrementados por las actitudes del receptor, si estas son sobre todo de compasión, prisa o te ven inferior. Aunque también pueden haber personas empáticas que tengan frustración al no entendernos.

dos hablando

Sea como sea, como vemos, la disartria genera sentimientos angustiosos en ambas partes. Por ese motivo es bueno, aunque a veces difícil de seguir, tener en cuenta lo siguiente:

Por parte de la persona con disartria:

  • No cerrarse a no utilizar un sistema alternativo y aumentativo de comunicación. Con frecuencia como nosotros mismos nos entendemos, queremos que los demás nos entiendan sin utilizar ninguna ayuda externa, queremos comunicarnos como el resto sin ver las dificultades que esto genera.
  • Tener paciencia y repetir las cosas tantas veces sea necesario.
  • Si es necesario, llevar un escrito donde se explique cómo te comunicas. Nadie nace enseñado y por supuesto las personas que no están en el ámbito de la diversidad funcional no conocen los sistemas alternativos y aumentativos de comunicación.
  • Intentar explicar por qué hablamos con dificultad o porqué utilizamos una ayuda para comunicarnos. Esto facilitará que puedan divisar nuestra capacidad que siempre se encuentra detrás de la discapacidad.

Por parte del receptor:

  • No anticiparse a la respuesta dado que la interpretación puede ser errónea.
  • Hay que dejar el tiempo necesario para que la persona se pueda expresar a su manera. A veces tardamos más y si la situación nos pone en tensión, aun necesitamos más tiempo para expresarnos.
  • Tener presente que aunque la persona no pueda comunicarse bien de forma oral, puede mantener la inteligencia intacta.
  • Si lleva un comunicador este se acompañará de una explicación de cómo lo utiliza la persona con discapacidad, hay que prestar atención a las indicaciones tanto de la propia persona como de la explicación adjuntada.
  • Si no dispone de un comunicador alternativo, establecer un método de diálogo sencillo: Comunicarse con frases cortas y claras,  de respuestas monosilábicas: si o no, o acordar un método de respuesta ya sea con la cabeza, con la mirada o a través de un movimiento de algunas de las extremidades donde el "sí" y el "no" tengan gestos claramente diferenciales.

Como vemos, ambas partes tenemos que poner de nuestra parte para derribar la barrera comunicativa que crea una afasia como es en este caso la disartria. Déficit articulario motor que, como he descrito anteriormente, genera situaciones excluyentes si las personas no se conocen. Para evitar los  sentimientos negativos encontrados, una vez más, sería necesaria una mayor información sobre el tema que, como pasa con todas las diversidades funcionales siempre es poca la difusión que se dé, hasta que llegue el día que el concepto diversidad no se refiera a unos pocos, sino al conjunto de toda la sociedad.

 

"Si volviera a nacer quisiera hablar sin dificultad antes que poder andar, porque con una silla de ruedas puedes llegar a volar, pero si no me entienden pocas puertas me abrirán.”

imagen de iclusiónEn una sociedad de cambios y avances como la nuestra, donde nadie es foráneo, en la cual ha ido emergiendo una multiculturalidad enriquecedora para muchos y en la que esas diferencias de  piel, idioma, religión o cultura son efímeras de discriminación puesto que ya se han incluido como valor cualitativo.

Si, en esa misma sociedad en la que residimos del mismo modo, pero no al mismo nivel, el tan nombrado colectivo de personas con diversidad funcional. Actualmente resonando nuestra presencia para agrandar aún más la etiqueta “inclusión” aunque sea para aparentar ese cambio modélico, que en verdad ser reduce a un falso espejo de esperanza, en el cual lo que se había avanzado se ve deshilachado, o incluso truncado, por los recortes.

Somos agentes, muchas veces pasivos a ojos del macrosistema, pero activos en defensa de nuestros derechos y deberes aunque sea para mantener nuestra mínima presencia en una civilización que nos tiende a  agrupar hacia centros especiales y residencias con la excusa que estaremos más cuidados y protegidos, perdón, quería decir atendidos, pero mi propio subconsciente delata el supuesto objetivo de esos agrupamientos: nuestra sobreprotección.

Aunque, como cualquier humano, algunos nacemos rebeldes, o más bien inconformistas, y pretendemos desviarnos de esa “norma” que antepone lo especial a lo ordinario. Como diría Piaget: aprendemos de lo que vemos, por eso queremos imitar. Desde infantes, aunque tengamos diversidad funcional, ansiamos  hacer lo que vemos en nuestros iguales que revolotean por el parque. Y es que hay que recordar que, muchos de nosotros, somos prisioneros de nuestro cuerpo pero no de nuestra mente.

Mente que tan sólo anhela ser uno más, con sus límites y capacidades, para adherirse al tejido urbano del que has sido  ligeramente aislado anteponiendo lo  terapéutico y asistencial a lo social y educacional. Ámbitos que pueden ser fusionados perfectamente si se siguiera con rigor la esencia del concepto inclusión.

Pero mientras no llega este bisturí que opere en la raíz social implantando un cambio de concepción ante la “diferencia”, nosotros seguimos en la persistencia de abrirnos camino e incluirnos; primero en el ámbito académico, donde se debe reconocer un progreso de vuelta de hoja en el cual toma cabida nuestra presencia cada vez con mayor facilidad e igualdad, sobretodo en la etapa de educación obligatoria en la que se facilitan los recursos asistenciales y técnicos dentro de las aulas ordinarias.

No obstante, una vez hemos logrado escaparnos de ese sendero especial en que se nos dirige, o dirigía, nada más nacer con diversidad funcional, (opción necesaria para algunos pero de freno para otros), nos sumergimos en aguas de marea agitada, pero sorteando a veces grandes olas, retenemos en nuestro baúl de la vida vellos momentos que hacen crecer y coger fuerzas para seguir hacia delante. Siempre con el objetivo de ser uno más.

Y así, tramo a tramo y sea cual sea la edad de inicio de inmersión en la educación  ordinaria, vamos avanzando del mismo modo que nuestros iguales. Incluso, si ese es nuestro propósito, nos acabamos adentrándonos en estudios superiores, donde los socavones en ocasiones se multiplican pero la perseverancia por anteponer nuestras capacidades a nuestras limitaciones, nos empuja a conseguir aquello que queremos: ser como un estudiante más.

Quizás este empeño en ir avanzando en nosotros mismos, promueva a su vez la visibilidad de nuestras necesidades que se ve plasmada en nuestro acceso a la formación ordinaria. Aunque por supuesto queda mucho que mejorar.

Pero… ¿qué pasa cuando ya, habiendo cruzado mar y cielo, conseguimos ser técnicos, graduados, ingenieros, diplomados, licenciados e incluso, doctorados?  De nuevo volvemos a ser ciudadanos de segunda, bueno,  si hoy en día en algún momento nos han podido incluir como ciudadanos de a pie, porque con los recortes no podemos ni transitar, dado que una silla de ruedas debe considerarse un artículo de lujo y  por eso recortan los presupuestos para ayudas pero no los coches oficiales, no vaya a ser que algún diputado no pueda llegar a tiempo al café de las 12hs.

Pero volvamos al meollo de la popular “inclusión”. Cuando ya hemos logrado formarnos en aquello que queríamos o podíamos, emergemos ante un nuevo enigma: la inclusión laboral. ¿Y por qué es un enigma? Porque si no encuentran la llamada inserción laboral 5 millones de parados, intenta encontrarla tú si tienes más de un 95% de discapacidad física. Es como buscar un tesoro en el océano atlántico y sin traje de buzo.

Poco importa la formación que poseas, si lo aparente es lo que reluce a ojos empresariales, para qué indagar en las capacidades de la persona. Además, si se recibe reducciones fiscales y subvenciones contratando a personas con el 33% de grado de discapacidad, para qué complicarse la existencia cogiendo a una persona con el 95% o el 99% de discapacidad.

Ante esa dinámica empresarial, facilitada y gestionada por las administraciones, asistimos a la extinción de oportunidades. Que si ya eran escasas en sus orígenes, ahora con la crisis resultan casi inexistentes. Una ardua política sociolaboral que nos aleja del tejido laboral convencional y  nos vuelven a redirigir a centros especiales u ocupacionales con el pretexto que así salimos de casa. Humilde forma, terapéutica en sus origines y con un sentido ocupacional en la actualidad, que encima con la reforma de la ley de dependencia, nos hacen deudores de éstos servicios asistenciales.

Es decir, vivimos en una sociedad en que llega un punto que te ves sujeto a abandonar una mochila repleta de sudor, esfuerzo, superación, aprendizaje y formación porque tus capacidades, que son lo que te han llevado a conseguir todo ello, se disuelven volviéndose invisibles tras el  paraguas de las supuestas limitaciones que ve el mercado productivo en ti. Y por ello, para compensarlo te derivan a centros especiales en los cuales ahora te harán pagar hasta el  90% por ser asistido, ocupando la plaza de alguien que realmente lo necesita, por no crear oportunidades y vías de acción que realmente pongan los cementos hacia una verdadera inclusión laboral y social.

Una ausencia o carencia de medidas como la asistencia personal o el trabajo con apoyo que, además de reequilibrar los costes haciéndonos productivos, mejoraría nuestra autonomía, saldrían a flote nuestras capacidades y se vencerían a nuestras limitaciones. Porque de limitaciones tenemos todos, aunque las nuestras sean más visibles pero con los soportes adecuados las podemos suplir con nuestras capacidades a veces invisibles.

Por eso son tan importantes estas medidas junto al fomento de oportunidades que facilitaría que todos nuestros esfuerzos y el progreso de la educación inclusiva no cayeran en saco roto. Pero mientras no se adopte estas dos medidas, tan básicas para algunos y parece que de lujo para otros, vemos desvanecerse nuestros sueños e ilusiones que reforzarían un futuro de igualdad, de oportunidades y de enriquecimiento social que, como he mencionado al principio, nos harían formar parte de ésta multiculturalidad que ha hecho europeísta a nuestra sociedad.

Pero frente a las adversidades y carencias metodológicas y administrativas, dadas supuestamente de la crisis actual, no debemos perder la esperanza y seguir luchando hacia el propósito, por ahora aparente, que es nuestra plena inclusión con los mismos derechos y deberes que residen en el resto de nuestro tejido social. Si se ha avanzado en la inclusión escolar, ¿por qué no progresar hacia una inclusión laboral? Aunque en un inicio nos veamos obligados a  visibilizar nuestra capacidad profesional desde casa y a través de las nuevas tecnologías, que son a su vez las herramientas potenciadoras de nuestra inclusión laboral y social y que, si nos lo permiten, nos facilitarán más nuestra plena inclusión.

Vanessa Fuentes

Psicóloga clínica y social 20274 COPC, técnica superior en integración social y formadora de formadores.

http://psicovan.hol.es

Imagens simbolicaLas próximas líneas no pretenden ser un artículo de ámbito psicológico ni social como suelo compartir, sino más bien una reflexión en voz alta desde un punto de vista personal en relación a un recurso de inserción laborar que me llama la atención últimamente.

Como persona con diversidad funcional con cierta formación superior, como bien sabéis los lectores y seguidores de este espacio, aparte de dedicarme altruistamente al asesoramiento virtual y psicológico, como cualquier persona busco trabajo. Quizás aferrada a la pretensión de ser una más de esta sociedad, no ceso de persistir en la búsqueda de esa inclusión laboral enviando currículums y ampliando mi formación. Siempre consciente, por supuesto, que lo tengo más difícil por mis “limitaciones físicas”  o, mejor dicho, por mis peculiaridades funcionales.

Pero curiosamente, me llama la atención que haya cursos de preparación para buscar trabajo personas con discapacidad y no hayan tantos de preparación para empresas en tema de inclusión laboral,  cuándo, desde mi punto de vista, la implicación en este terreno debería ser de ambas partes.

Si bien creo adecuada una formación en tareas curriculares para nuestro propósito, me pregunto: ¿A cuántos graduados, diplomados, licenciados o ingenieros sin discapacidad les ofrecen realizar estos cursos de preparación? ¿O es que por el hecho de no tener diversidad funcional saben cómo redactar una carta de presentación mejor que nosotros? Habitualmente estos cursos se dirigen a parados de larga duración. En cambio, a nosotros nos lo ofrecen nada más llegar a una empresa de inserción laboral. ¿Por qué?

De acuerdo, hacemos el curso aun teniendo la misma formación que cualquier psicólogo, informático o periodista. ¿Y ahora qué? Las empresas siguen sin contratarte porque no están preparadas, por falta de recursos o por falta de confianza en que puedas ser productivo/a.

Y si el hándicap de la silla de ruedas se va “normalizando”, diles que tienes disartria. ¿Qué? ¿Eso qué es? -  Es un trastorno motor del habla como resultado de una lesión neurológica del componente motor del sistema motor del habla, donde se presenta una dificultad para controlar o coordinar los músculos que usan cuando se habla. Entonces ya no te da tiempo a decir que también tienes espasticidad y que trabajas con ordenador porque ya no te llaman ni para hacer prácticas.

Hechos que hacen patente la ignorancia aun impregnada en el ámbito laboral, donde todavía se relega a una persona con ceguera a trabajar solamente dentro de la Fundación ONCE o a una persona con parálisis cerebral a un centro especial de trabajo u ocupacional, sin importar su formación o capacidades, tan sólo atendiendo a sus limitaciones  o necesidades asistenciales.

Ante esto me vuelvo a preguntar: ¿No son las empresas quienes necesitarían más cursos de formación sobre inclusión laboral y así anteponer las capacidades a las discapacidades?

No obstante, insisto que los primeros que debemos de ser conscientes hasta donde podemos llegar somos nosotros, sin dejar de superarnos día a día pero con la realidad del momento. Del   mismo modo, pienso que una partida presupuestaria destinada a los cursos mencionados al igual que lo hacen con los cursos de riesgos laborales, potenciaría un equilibrio entre ambas partes que facilitaría la inclusión laboral tan nombrada pero poco fomentada actualmente.

Sociedad repleta de estigmas, cánones y etiquetas. Éstas últimas nos rodean por todas partes, apareciendo como nombres denominando a aquello que nos envuelve o que incluso somos parte de ello.

Etiquetas, algunas descriptivas y otras que llevan a equívocos conceptuales. Unas otorgan cualidades, otras dan pie a perjuicios morales y sociales que, en ocasiones, no nos permiten divisar a lo verdaderamente importante: la persona.

Con lo que se denominan a las diferentes diversidades funcionales no dejan de ser eso, etiquetas, algunas con origen orgánico como espina bífida, la cual indica de  donde viene la discapacidad y otras como la parálisis cerebral la cual deja entrever un posible concepto equivoco de esta diversidad funcional.imagen representativa de etiquetas

En el presente artículo precisamente quisiera abordar la paradoja lingüística que conlleva esta última etiqueta: parálisis cerebral. Quien desconozca el ámbito de la discapacidad y concretamente de ésta diversidad funcional, caerá en el perjuicio o mejor dicho, en la inocencia de creer que el niño o adulto con parálisis cerebral tiene o ha tenido el celebro parado. Nada más lejos de la realidad, si bien es cierto que el abanico de grados de parálisis cerebral es amplio y puede conllevar múltiples afectaciones ya sean físicas, sensoriales o cognitivas, éstas no están sujetas a correlación conjunta sino que dependiendo de el origen y la localización de la lesión cerebral, mayoritariamente producida por falta de oxígeno, ésta afectará de forma diferente a cada persona. Lógicamente apartándose de la utopía conceptual que puede conllevar dicha etiqueta.

Para explicarlo de una manera más llana, la falta de información en la sociedad de a pie sobre esta discapacidad puede conllevar prejuicios hacia las capacidades de la persona, a veces también promovidos por la simple apariencia física dada de la misma etiqueta. Por poner un ejemplo, quizás una persona cercana, como una vecina que te ha visto crecer, en una conversación cotidiana surge la etiqueta de esta discapacidad y al decir que tú la tienes, se niega a reconocerlo ya que piensa que es una patología de origen cognitivo y con un grado de afectación elevado que a ti no te ve. Por lo tanto, se desconoce el origen de las causas así como los grados de afectación y por consecuente la capacidad de capacidades, valga la redundancia, y de habilidades a la cual es sujeta una persona con parálisis cerebral.

Capacidades enmascaradas por esa etiqueta asignada a la discapacidad o a la persona que tiene esa diversidad funcional como agente pasivo paralizado cerebralmente.

Como persona con parálisis cerebral tengo otorgada esa etiqueta ilógicamente no estoy escribiendo estas líneas con el celebro parado, ni hubiera estudiado psicología ni pudiera estar dando formación como psicóloga a profesionales sobre este ámbito con el celebro parado. Al igual que conocidos o amigos abogados, informáticos o administrativos con parálisis cerebral están ejerciendo su profesión como cualquier persona.

Si bien es cierto que la sociedad avanza junto a la medicina y la tecnología, ¿por qué no progresar hacia un concepto más ajustado de nuestra patología? El cual no desemboque a pensamientos erróneos, estigmas y perjuicios que son brechas que obstaculizan en nuestra inclusión global, porque antes de la etiqueta de parálisis cerebral tenemos otras muchas etiquetas basadas en una principal: la persona, y como tal tenemos el derecho a que se visibilice el resto de etiquetas que nos hacen iguales y a la vez diversos como pueden ser: alto, bajo, simpático, serio, amable, introvertido o extrovertido, eficaz, etc…

Por lo que, a mi modo de ver, una evolución del concepto de parálisis cerebral mejoraría su concepción y evitaría los equívocos y perjuicios preconcebidos antes de conocer a la persona, ésta, hasta el momento, siempre sujeta a una simple etiqueta no clarificadora.

Imagen bola de navidadSi observamos el estado de ánimo de la población en general en épocas davideñas, nos damos cuenta que éste disminuye. Muchas personas encuentran la navidad como un paseo nostálgico por aquellos recuerdos emborronados de tímida tristeza húmeda al añorar a los que ya no están.

Añoranza que se  ve adornada por el deseo de hacer  felices a los que ahora son los más allegados: familias y amigos, a través de la ansiada magia de la Navidad  que conduce a realizar compras y regalos a estos seres queridos.

Costumbre que podemos otorgar al movimiento capitalista que incita a consumir para estas fechas. Si bien es cierto que podemos proveernos de críticas consistentes ante tal materialismo, no sería menos cierto que éste actúa o  es utilizado como mecanismo de defensa ante el declive anímico antes mencionado que aparece por estas fechas.

Quizás, por eso, ante la imposibilidad a veces de realizar ésta actividad consumista pero oxigenadora,  se dan más casos de depresión navideña entre la población con diversidad funcional.

¿Pero qué puede conducir al desánimo navideño a una persona con diversidad funcional?

  • El principal motivo es el grado de dependencia, el cual regula la actividad social de cada persona con discapacidad. Así si una persona no dispone de autonomía para ir de compras o quedar con amigos, significa que tiene más tiempo para recordar a los seres queridos y revivir su duelo. Es decir, en este caso no podemos disponer del mecanismo de evitación anterior.
  • Otro factor influyente es, una vez más, la sobreprotección o infantilización emitida por el entorno más cercano, el cual sin querer nos puede resignar a recibir sin poder ofrecer. Es decir, buscar nuestra satisfacción y bienestar a través de los regalos, pensando que es lo que nos hará más felices. Quizás la sobreprotección que algunos familiares ejercen sobre nosotros hace que nos vean como infantes eternos, pasando por alto, sin darse cuenta que esta acción conlleva efectos contrarios a los buscados en nosotros. Esta ausencia de búsqueda de recursos para que podamos realizar las mismas tradiciones consumistas o lúdicas que el resto, provoca a la persona con diversidad funcional sentimiento de impotencia, frustración y, de nuevo, se resignan a recibir sin poder ofrecer, lo cual ayuda al declive depresivo navideño al que nos referimos.
  • También la accesibilidad de los sitios supone un obstáculo negativo para la persona con movilidad reducida, dado que impide una vez más acceder a la cotidianidad de estas fechas y poder realizar compras y celebraciones. Hecho que también fomenta la disminución anímica de la persona, la cual de nuevo encuentra la frustración en su camino.
  • A menudo tenemos reparo de expresar aquello que sentimos, como ese deseo de intentar hacer cosas en cuales se necesita cierto grado de asistencia y vemos que nuestro entorno está muy ocupado o, en ocasiones, no se expresa porque la propia persona no ve solución posible y se lo guarda para ella.

¿Qué podemos hacer ante este cúmulo de situaciones?

  • Obviamente, la Navidad como cualquier otra tradición también tiene partes positivas que a veces se ocultan tras la cortina que generan las situaciones anteriores. Por ese motivo, debemos buscar alternativas para no prolongar o incrementar demasiado el recuerdo por los que han marchado o quizás buscar la parte bonita de ese recuerdo. Aquella que nos hace felices.
  • En la búsqueda de alternativas también se incluye la creatividad. No sólo los regalos materiales son lo que crea la magia de la Navidad sino lo que elabora uno mismo, ya sea dibujo, escrito, manualidad, esta opción a la vez, puede otorgar un mayor significado para el que recibe el detalle. Además de aumentar la autoestima de la persona creadora del regalo.
  • Informar al entorno más cercano del deseo de buscar una solución para realizar aquello que se desea en las mismas condiciones que el resto, con la mayor autonomía posible. En este caso podría ser buscando una persona o asistente personal que le acompañara hacer las compras navideñas y buscar alternativas de ocupación. Puesto que en el periodo festivo se tiende a disponer de más tiempo libre y esto puede potenciar de nuevo los recuerdos negativos o la impotencia de no poder hacer las mismas cosas que los demás.

A través de una comunicación fluida y directa se puede llegar a un acuerdo de intereses y a la vez, facilitar al entorno aquello que quizás pasaba desapercibido como puede ser nuestros deseos e inquietudes.

Nunca tenemos que dar nada por hecho ni por sabido, ni por una parte ni por la otra. A veces nos recluimos en nosotros mismos y es cuando aparece la tristeza, la soledad y la impotencia. En cambio, si lo compartimos e intentamos buscar alternativas paliativas para evitar estados emocionales negativos, mejoraremos tanto nuestro bienestar como el de los más allegados.

La felicidad está en las pequeñas cosas que encontramos por el camino.

 

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